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Mostrando entradas de marzo, 2026

…MMMMMM…

Nunca me había dado miedo mi casa. No era especialmente grande ni especialmente antigua. Un piso normal, en un edificio normal, en una calle donde lo más inquietante era el eco de algún coche pasando demasiado tarde. Siempre me había parecido un lugar seguro. Previsible. Cerrabas la puerta y el mundo quedaba fuera. Hasta que empezó el zumbido. La primera vez fue tan leve que pensé que lo había imaginado. Estaba medio dormido, con esa sensación pesada del cuerpo hundido en el colchón, cuando lo escuché: un mmmm grave, constante, como si algo vibrara dentro de la pared. Abrí los ojos, molesto, y me quedé en silencio. Nada. El sonido había desaparecido. Me giré, miré la hora en el móvil: 3:17. Demasiado tarde para pensar con claridad. Demasiado temprano para levantarse. Cerré los ojos otra vez y me convencí de que había sido un electrodoméstico, una tubería, cualquier cosa que tuviera sentido. Pero volvió. Esta vez más claro. MMMMMMMM. No era un sonido que viniera de fuera. No había coche...

Aprende a vivir conmigo…

Entré a la cocina y todo parecía normal: la cafetera encendida, la ventana medio abierta dejando pasar el aire frío de la mañana, el sonido del grifo goteando levemente. Me preparé un café, observando cómo el vapor se enroscaba lentamente en el aire. El zumbido constante de la nevera me resultaba tranquilizador, como un latido familiar. Hasta que dejó de serlo. La taza tembló en mi mano. Pensé que era mi pulso acelerado. Luego escuché un susurro tan leve que dudé de mis propios sentidos: “Ya despertaste…” Me giré, pero no había nadie. La luz del sol iluminaba la estancia de la manera exacta de siempre. Nada fuera de lugar, salvo… la silla del rincón. La silla de siempre, que yo había dejado de espaldas, ahora estaba girada hacia mí. Intenté convencerme de que era mi memoria jugando me una mala pasada, una cruel. Bebí un sorbo de café, pero el sabor era distinto, amargo, metálico. Un frío recorrió mis brazos. En pleno verano y fue como si miles de dedos invisibles me rozaran la piel. Al...

No mires atrás

Las normas aparecieron escritas en el espejo del baño. No estaban allí cuando me lavé los dientes antes de dormir. Estoy seguro. Pero al despertarme, empañadas sobre el cristal como si alguien hubiera respirado muy cerca, pude leerlas con claridad: Normas de la casa: No mires atrás cuando apagues la luz. Si escuchas pasos en el pasillo, finge dormir. No abras la puerta a las 3:17. Pase lo que pase… no respondas cuando te llamen por tu nombre. Me reí. Pensé que había sido mi hermana para gastarme una broma. O incluso yo mismo, medio dormido. Pero cuando pasé el dedo por el espejo, la humedad se borró… y las letras desaparecieron con ella. No volvió a importarme hasta esa noche. La primera norma fue la más fácil de romper. Apagué la luz del dormitorio y, por pura inercia, miré hacia atrás antes de cerrar la puerta. No vi nada. Solo oscuridad. Pero sentí algo. Es difícil explicarlo… era como si la habitación se hubiera llenado de alguien más en el mismo instante en que la luz se apagó. Un...