Las normas aparecieron escritas en el espejo del baño.
No estaban allí cuando me lavé los dientes antes de dormir. Estoy seguro. Pero al despertarme, empañadas sobre el cristal como si alguien hubiera respirado muy cerca, pude leerlas con claridad:
Normas de la casa:
No mires atrás cuando apagues la luz.
Si escuchas pasos en el pasillo, finge dormir.
No abras la puerta a las 3:17.
Pase lo que pase… no respondas cuando te llamen por tu nombre.
Me reí.
Pensé que había sido mi hermana para gastarme una broma. O incluso yo mismo, medio dormido. Pero cuando pasé el dedo por el espejo, la humedad se borró… y las letras desaparecieron con ella.
No volvió a importarme hasta esa noche.
La primera norma fue la más fácil de romper.
Apagué la luz del dormitorio y, por pura inercia, miré hacia atrás antes de cerrar la puerta.
No vi nada.
Solo oscuridad.
Pero sentí algo.
Es difícil explicarlo… era como si la habitación se hubiera llenado de alguien más en el mismo instante en que la luz se apagó. Una presencia. Silenciosa. Inmóvil. Observando.
Me quedé unos segundos quieto en el pasillo, con la mano aún en el interruptor, esperando escuchar algo.
Nada.
Me dije que eran tonterías y me fui a dormir.
A las 3.00 de la madrugada me despertaron unos pasos.
Lentos.
Arrastrados.
Venían del pasillo.
Recordé la segunda norma: finge dormir.
Así que cerré los ojos con fuerza y regulé la respiración, intentando parecer profundamente dormido. Los pasos se detuvieron justo frente a mi puerta.
Silencio.
Después…
Un leve crujido.
La puerta se abrió unos centímetros.
Sentí el aire frío entrar en la habitación.
Quería mirar, pero no lo hice.
No sé cuánto tiempo pasó. Quizá segundos. Quizá minutos. Hasta que los pasos se alejaron otra vez por el pasillo.
No dormí el resto de la noche.
La tercera norma llegó sola.
A las 3:17 exactas.
Lo sé porque miré el móvil cuando escuché el primer golpe.
Toc.
Suave. Educado.
Como si alguien no quisiera molestar.
Me quedé congelado en la cama.
Toc. Toc.
La puerta de mi habitación.
Sentí un sudor frío recorrerme la espalda.
—Arturo… —susurró una voz al otro lado.
Era la voz de mi vecina.
Mi vecina murió hace diecisiete años.
No me moví.
No respiré.
Toc. Toc. Toc.
–Arturo, ábreme… por favor…
La voz sonaba cansada. Débil. Como si hubiera estado llorando.
Algo dentro de mí quiso levantarse.
Quiso abrir.
Pero recordé la norma: No abras la puerta a las 3:17.
Así que me quedé quieto.
Después de unos segundos, la voz cambió.
No sé cómo explicarlo… pero dejó de ser humana.
—Arturo…
Esta vez sonaba más grave. Más profunda. Como si varias voces hablaran a la vez desde una garganta rota.
La puerta dejó de sonar.
Y los pasos se alejaron.
Pensé que había terminado.
Pero olvidé la cuarta norma.
Pasaron días sin que ocurriera nada.
Hasta ayer.
Estaba en la cocina cuando escuché mi nombre detrás de mí.
—Arturo.
La voz era clara. Cercana.
Giré la cabeza automáticamente.
No había nadie.
Sentí un escalofrío, pero me dije que había sido mi imaginación.
Volví a lo que estaba haciendo.
Entonces lo escuché otra vez.
Justo en mi oído.
—Arturo…
Me giré de golpe.
Nada.
Pero esta vez…
Noté una respiración en la nuca.
Lenta.
Húmeda.
Hoy han vuelto a aparecer normas en el espejo.
Pero ya no son las mismas.
Ahora solo pone:
Nueva norma: Ya miraste atrás.
No sé cuánto tiempo me queda.
Porque cada vez que paso por un reflejo…
Veo algo más detrás de mí.
Algo que sonríe.
Algo que se acerca un poco más.
Y anoche…
Cuando apagué la luz…
Sentí que alguien se metía en la cama conmigo.
Si estás leyendo esto y alguna vez encuentras normas escritas donde no deberían estar…
Hazme caso.
Por favor.
No mires atrás.
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