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[Contenido aprobado]

El sistema no se equivoca. Eso fue lo primero que nos enseñaron. Ni una coma fuera de lugar, ni una palabra mal escrita, ni una imagen corrupta. Todo lo que llegaba al usuario había pasado por más filtros de los que una mente humana podría comprender. Por eso existíamos nosotros. No para corregir errores… sino para confirmar que no estaban. Mi turno empezaba a las 03:00. Hora perfecta para que nada pasara. Toma de huella. Autenticación retinal. Pulso estable. —Operador 6-14, acceso concedido. A las 3:17 me llegó un archivo. Texto plano. Fondo negro. Sin formato. “NO MIRES ATRÁS” Fruncí el ceño. No por el mensaje. Por la etiqueta. [Contenido aprobado] ¿Cómo es que esto era contenido aprobado?. Lo mandé a revisión y escribí el correspondiente informe. A las 6:17 volvió a aparecerme el mismo archivo. Extrañado, lo notifiqué a mí superior. Al día siguiente a las 3:17 me apareció el mismo archivo.De nuevo era contenido aprobado. Este archivo era un poco diferente. Tenía una raya justo debaj...
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…MMMMMM…

Nunca me había dado miedo mi casa. No era especialmente grande ni especialmente antigua. Un piso normal, en un edificio normal, en una calle donde lo más inquietante era el eco de algún coche pasando demasiado tarde. Siempre me había parecido un lugar seguro. Previsible. Cerrabas la puerta y el mundo quedaba fuera. Hasta que empezó el zumbido. La primera vez fue tan leve que pensé que lo había imaginado. Estaba medio dormido, con esa sensación pesada del cuerpo hundido en el colchón, cuando lo escuché: un mmmm grave, constante, como si algo vibrara dentro de la pared. Abrí los ojos, molesto, y me quedé en silencio. Nada. El sonido había desaparecido. Me giré, miré la hora en el móvil: 3:17. Demasiado tarde para pensar con claridad. Demasiado temprano para levantarse. Cerré los ojos otra vez y me convencí de que había sido un electrodoméstico, una tubería, cualquier cosa que tuviera sentido. Pero volvió. Esta vez más claro. MMMMMMMM. No era un sonido que viniera de fuera. No había coche...

Aprende a vivir conmigo…

Entré a la cocina y todo parecía normal: la cafetera encendida, la ventana medio abierta dejando pasar el aire frío de la mañana, el sonido del grifo goteando levemente. Me preparé un café, observando cómo el vapor se enroscaba lentamente en el aire. El zumbido constante de la nevera me resultaba tranquilizador, como un latido familiar. Hasta que dejó de serlo. La taza tembló en mi mano. Pensé que era mi pulso acelerado. Luego escuché un susurro tan leve que dudé de mis propios sentidos: “Ya despertaste…” Me giré, pero no había nadie. La luz del sol iluminaba la estancia de la manera exacta de siempre. Nada fuera de lugar, salvo… la silla del rincón. La silla de siempre, que yo había dejado de espaldas, ahora estaba girada hacia mí. Intenté convencerme de que era mi memoria jugando me una mala pasada, una cruel. Bebí un sorbo de café, pero el sabor era distinto, amargo, metálico. Un frío recorrió mis brazos. En pleno verano y fue como si miles de dedos invisibles me rozaran la piel. Al...

No mires atrás

Las normas aparecieron escritas en el espejo del baño. No estaban allí cuando me lavé los dientes antes de dormir. Estoy seguro. Pero al despertarme, empañadas sobre el cristal como si alguien hubiera respirado muy cerca, pude leerlas con claridad: Normas de la casa: No mires atrás cuando apagues la luz. Si escuchas pasos en el pasillo, finge dormir. No abras la puerta a las 3:17. Pase lo que pase… no respondas cuando te llamen por tu nombre. Me reí. Pensé que había sido mi hermana para gastarme una broma. O incluso yo mismo, medio dormido. Pero cuando pasé el dedo por el espejo, la humedad se borró… y las letras desaparecieron con ella. No volvió a importarme hasta esa noche. La primera norma fue la más fácil de romper. Apagué la luz del dormitorio y, por pura inercia, miré hacia atrás antes de cerrar la puerta. No vi nada. Solo oscuridad. Pero sentí algo. Es difícil explicarlo… era como si la habitación se hubiera llenado de alguien más en el mismo instante en que la luz se apagó. Un...

Ruido blanco

Siempre he dormido con ruido blanco. No por gusto, sino por necesidad. El silencio absoluto me pone nervioso. Demasiado espacio para pensar. Demasiado espacio para escuchar cosas que no deberían existir. Así que desde hace años dejo un altavoz encendido toda la noche: lluvia, estática, ventilador… cualquier sonido constante que llene el vacío. Nunca pasó nada. Hasta hace tres noches. Me desperté a las 4:12 de la madrugada. No fue un ruido lo que me despertó. Fue la ausencia de él. El altavoz estaba en silencio. Pensé que se había apagado o que se había ido la luz. Pero cuando abrí los ojos, vi la luz azul del dispositivo encendida. Funcionaba. Solo que no emitía sonido. Me incorporé en la cama para comprobarlo… y entonces volvió. Pero no era el mismo ruido. La estática sonaba… irregular. Como si alguien estuviera respirando dentro. Un patrón húmedo, orgánico, escondido bajo el siseo electrónico. Me quedé escuchando. Intentando convencerme de que era mi imaginación. Hasta que lo oí. Un ...

Solo si no miras…

Era una tarde de viernes y al fin había quedado en el piso de unas compañeras de universidad. Hacía mucho que queríamos quedar en grupo pero no podíamos por exámenes. Llegué a la dirección que me indicaba el chat del grupo y piqué al timbre. –¡Hooola!– dijo una voz familiar desde el interfono–Es el sexto pero tienes que entrar bailando o si no, no te abrimos– dijo la misma voz entre risas. Subí la rampa y atravesé el amplio umbral y pulsé para pillar el ascensor. Oí al entrar: “Si se detiene entre pisos, no mires atrás.” Sonreí por inercia. Alguna broma de vecinos. El edificio tenía ese aire antiguo donde siempre parecía haber alguien observando desde las rendijas de las puertas, así que no me sorprendía. Pulsé el 6. Las puertas se cerraron con un golpe metálico seco y el ascensor empezó a subir con su traqueteo habitual. Primer piso. Segundo. Tercero. Entre el cuarto y el quinto… se detuvo. No fue una parada brusca. Más bien como si algo hubiese decidido que hasta ahí llegaba el movim...

Sin salida

Después del trabajo nos tomamos un par de birras ya sin los uniformes en el bar del Kipi. Era noche cerrada pero estábamos tan agotados como activos. Había sido un turno duro. No paraban de llegar casos con síntomas que a todos nos recordaban aquella dichosa pandemia mundial. De hecho todos llevábamos ropa de paisano porque los uniformes debían pasar un lavado técnico exhaustivo, por si acaso. Por eso, Kipi quitó la televisión cuando empezaron a surgir titulares dramáticos sobre aquella enfermedad en el canal de 24h. Estábamos de cervezas después del curro pero había una tensión que se podía masticar. Era como si todos tuviéramos la cabeza en otro lugar. Despedí a Mora en el callejón de su casa y continué en dirección a la mía. No me quitaba de la cabeza el tema que estaban comentando en el bar: Aquél virus que decían que se había erradicado, pero que después de aquél turno, ninguno nos hubiéramos creído. Era una enfermedad terriblemente fea que te hacía tener un hambre insaciable y de...