Nunca me había dado miedo mi casa.
No era especialmente grande ni especialmente antigua. Un piso normal, en un edificio normal, en una calle donde lo más inquietante era el eco de algún coche pasando demasiado tarde. Siempre me había parecido un lugar seguro. Previsible. Cerrabas la puerta y el mundo quedaba fuera.
Hasta que empezó el zumbido.
La primera vez fue tan leve que pensé que lo había imaginado. Estaba medio dormido, con esa sensación pesada del cuerpo hundido en el colchón, cuando lo escuché: un mmmm grave, constante, como si algo vibrara dentro de la pared. Abrí los ojos, molesto, y me quedé en silencio.
Nada.
El sonido había desaparecido.
Me giré, miré la hora en el móvil: 3:17. Demasiado tarde para pensar con claridad. Demasiado temprano para levantarse. Cerré los ojos otra vez y me convencí de que había sido un electrodoméstico, una tubería, cualquier cosa que tuviera sentido.
Pero volvió.
Esta vez más claro.
MMMMMMMM.
No era un sonido que viniera de fuera. No había coches. No había vecinos levantados. Era algo más cercano. Más íntimo.
Algo dentro de casa.
Me incorporé en la cama, con el corazón acelerándose sin razón aparente. El silencio posterior al zumbido me pareció peor que el ruido en sí. Como si algo hubiera decidido callarse al notar que yo estaba escuchando.
Esperé.
Nada.
Encendí la luz de la mesilla. La habitación parecía exactamente igual que siempre. La silla con la ropa, la puerta entreabierta, el pasillo oscuro al otro lado. Todo normal.
Demasiado normal.
Me levanté, con ese frío en los pies que no viene de la temperatura sino de la inquietud. Salí al pasillo y escuché.
Nada.
Recorrí la casa despacio, como si no quisiera despertar a alguien. Revisé la cocina, el baño, el salón. Todo en orden. Ni rastro del zumbido.
Cuando volví a la cama, me sentía ridículo.
Hasta que apagué la luz.
Y volvió.
Más fuerte.
MMMMMMMMMMMMMMMM.
Esta vez no dudé. Salté de la cama y salí directamente al pasillo. El sonido se cortó de golpe.
El silencio me golpeó como un vacío.
Aquella noche apenas dormí.
Durante los días siguientes intenté ignorarlo. Era fácil hacerlo con luz. Con ruido. Con vida. Pero cada noche, a la misma hora, el zumbido regresaba.
Siempre a las 3:17.
Siempre cuando estaba a punto de dormirme.
Siempre desapareciendo en cuanto me movía.
Empecé a pensar en causas lógicas. Llamé al seguro, vino un técnico. Revisó las tuberías, la instalación eléctrica, incluso los electrodomésticos.
—Todo está bien —me dijo—. ¿Seguro que no es de algún vecino?
Asentí, aunque sabía que no.
El sonido no viajaba. No atravesaba paredes. No cambiaba de intensidad dependiendo de dónde estuviera. Siempre parecía... dentro.
Como si la casa respirara.
La cuarta noche decidí grabarlo.
Dejé el móvil en la mesilla, con la grabadora encendida. Me tumbé y esperé.
3:16.
3:17.
MMMMMMMMMMMMMMMM.
Ahí estaba.
No me moví.
El sonido continuó, constante, como si no le importara que lo estuviera escuchando. Noté cómo la vibración parecía recorrer la pared junto a la cama, como si algo se desplazara lentamente detrás de ella.
Me obligué a quedarme quieto.
El zumbido cambió.
Se volvió irregular.
Como si intentara formar algo.
mmmm… mmm… mmmm…
No era solo un sonido.
Era un patrón.
Un intento.
Un lenguaje.
Me levanté de golpe.
Silencio.
Corrí al móvil, detuve la grabación con las manos temblando. La reproduje al instante.
Nada.
Solo un ruido blanco leve, casi imperceptible. Ni rastro del zumbido.
Ni rastro de nada.
A partir de ahí, todo empeoró.
El sonido empezó a adelantarse. A las 3:16. Luego a las 3:15. Como si se estuviera adaptando a mí. Como si aprendiera.
Y ya no desaparecía siempre cuando me movía.
A veces continuaba.
A veces… respondía.
Una noche, desesperado, golpeé la pared.
—¡Basta!
El zumbido se detuvo.
Durante unos segundos, el silencio fue absoluto.
Luego, desde el otro lado de la pared, llegó un golpe seco.
Uno solo.
Justo donde yo había golpeado.
Sentí cómo algo frío me recorría la espalda.
Golpeé otra vez.
La respuesta llegó al instante.
Exactamente igual.
Misma fuerza.
Mismo ritmo.
Como un espejo.
Retrocedí, incapaz de apartar la mirada de la pared.
—No… —susurré, sin saber a quién.
El zumbido volvió.
Pero esta vez no era grave.
Era más agudo.
Más cercano.
Más… consciente.
mmmmmm…
No venía de la pared.
Venía de detrás de mí.
No me giré.
No pude.
Me quedé completamente inmóvil, con la certeza de que si me daba la vuelta vería algo que no debería existir.
El zumbido estaba justo a mi espalda.
Muy cerca.
Demasiado.
Sentí una vibración en el aire, como si algo respirara sin aire.
Y entonces, lo entendí.
No era un sonido.
Era una imitación.
Algo había estado escuchando.
Aprendiendo.
Practicando.
Y ahora…
Lo tenía dentro de casa.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que reuní el valor para girarme.
Lo hice despacio, milímetro a milímetro, como si la lentitud pudiera protegerme.
No había nada.
El pasillo estaba vacío.
Silencioso.
Normal.
Otra vez esa maldita normalidad.
Corrí a la habitación, encendí todas las luces de la casa. Abrí armarios, revisé rincones, incluso miré debajo de la cama como un niño asustado.
Nada.
Nada en ninguna parte.
Pero el zumbido no volvió esa noche.
Dormí con todas las luces encendidas.
Y con la puerta cerrada.
A la mañana siguiente, al despertar, todo parecía haber terminado. La luz del sol entraba por las ventanas, disipando cualquier rastro de la noche.
Hasta que vi la pared.
Justo al lado de la cama.
Había marcas.
No profundas. No violentas.
Pero estaban ahí.
Como si algo hubiera estado presionando desde dentro.
Desde el otro lado.
Desde donde no debería haber nada.
He dejado de dormir en esa habitación.
He dejado de apagar las luces.
He dejado de intentar explicarlo.
Pero hay algo peor.
Algo que no puedo ignorar.
El zumbido ha vuelto.
No en la casa.
No en las paredes.
Ahora lo escucho en otros sitios.
En el metro.
En la calle.
En el silencio entre conversaciones.
Siempre el mismo patrón.
Siempre ese intento de formar algo.
A veces creo entenderlo.
A veces creo que está cerca de conseguirlo.
Y anoche…
Anoche, por primera vez…
Lo escuché decir algo.
No con palabras.
Pero lo entendí igual.
…Déjame entrar.
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