Emma ajustó la correa de su cámara. Preparándose para inmortalizar la ajustada captura paisajística que esperaba que le ayudara a pagar sus facturas del mes.
Estaba entre montañas solitarias, frente a un lago. Uno interminable, custodiado por una espesa y fría niebla que le daba un aire mágico pero siniestro.
Había oído ya varias leyendas urbanas sobre aquellos lares pero la revista para la que trabajaba le había exigido tantas cosas a sus siguientes encargos que había tenido que dejar su coche en un mirador y subir andando por una colina decorada con un manto verde. Era así como había llegado al lago quedando maravillada.
Le pareció ver movimiento en el agua. Mientras se posicionaba en la orilla para encuadrar otra captura, a sus espaldas, algo mágico, silencioso y lleno de oscuridad apareció desde dentro de un túnel que hacía un rato Emma había cruzado a pie para llegar al lago.
No lo vio, tampoco lo oyó.
No hasta que al revisar sus preciadas fotos, en el reflejo de la pantalla de su cámara había una sombra que antes no estaba.
Se dió la vuelta sin poder creerlo...
«Un...¿Tren?» murmuró con extrañeza sin esperar respuesta
–Tú tren–una voz masculina, clara y en alto, a sus espaldas por la izquierda.
Dio un respingo mientras se giraba para ver quién le había hablado.
Pero no encontró a nadie... Desconcertada empezó a guardar su cámara en la funda, convenciéndose de que había sido su propia mente jugándole una mala pasada
Junto al sonido de sus pasos sobre la hierba le pareció oír unos susurros escalofriantes.
Apretó el paso para cruzar la bonita pradera, ahora ya nocturna, e irse de aquél lugar cuanto antes. Pero cuanto más apretaba sus pasos más dejaban de parecer susurros y empezaban a parecer risitas.
Estaban cargadas de algo que no sabía describir pero tampoco le apetecía descubrir.
–¿Tiene mucha prisa, señorita?– volvió a oír, está vez a su derecha, con la misma voz de antes pero con un deje de burla mal disimulada.
Se giró aferrando su cámara, dispuesta a defenderse si fuera necesario.
Fue entonces cuando vio al dueño de esa voz. Era un hombre alto, fornido y de facciones marcadas. Era como si se hubiera pasado la vida sonriendo.
–Disculpe ¿Hablaba conmigo?– dijo Emma sintiendo como le rodeaba un frío más intenso y sus dedos se hundían en la funda de su aparato.
El hombre la miró con media sonrisa y justo cuando pareció ir a contestarle...
Se esfumó.
Así. Sin más.
Delante de los ojos de Emma se convirtió en polvo en un suspiro.
Se le dispararon las alarmas al instante.
¿Qué había sido eso?. ¿Se lo había imaginado?. ¿Podía seguir repitiéndose que era sugestión?
Sacudió su cabeza aferrándose a la lógica, tratando de calmarse. Definitivamente tantas horas de trabajo seguido no le sientan bien a nadie. Había que volver a sus hospedaje y descansar.
Retomó su camino de vuelta. Sólo debía cruzar por la vía de tren, hasta hace poco abandonada y seguir bajando la colina hasta su coche.
Cuando se acercó al tren lo suficiente como para rodearlo. Un golpe en la ventanilla más cercana le provocó un respingo de nuevo.
Lo que vió a través del cristal empañado por el frío, le heló la sangre y le paró la respiración mucho más que el susto inicial...
Una mano más blanca que la cera, con finos dedos, presionaba el cristal.
Una sonrisa roja, siniestra y cargada de burla brillaba junto a esa mano.
Unos ojos. Profundos. Rojos. Atentos. La estaban observando desde la oscuridad del interior de un tren que no estaba cuando llegó y lo había creído completamente vacío, antiguo, abandonado hasta el momento.
Quiso empezar a correr pero sus botas ahora mismo estaban hundidas en un barro que parecía hecho de piedra.
Gritó.
No sé oyó ni a sí misma.
Como si le hubieran robado la voz.
Creía estar viviendo su peor pesadilla de terror. Pero justo entonces empezó a darse cuenta que había más de un par de esos ojos penetrantes mirándola.
Había decenas en todas las ventanillas del tren. Todas con manos muy blancas, con dedos exageradamente finos y sonrisas siniestras detrás de las mismas.
Los latidos golpeaban sus oídos. El cuerpo ya no le respondía. Ya no sabía si era pánico, frío o algo más la estaba paralizando.
¿De donde venía esa gelidez tan absoluta?Hubiera jurado estar congelándose de manera literal.
Unos pasos. A su espalda. Calmados. Tranquilos. Como quien anda sabiendo que ha ha ganado.
Giró su cabeza con la lentitud de quien teme profundamente encontrar una respuesta a sus interrogantes aún peor que el pavor que está sintiendo.
Esperaba ver al mismo hombre de antes.
En el peor de los casos le tocaría verse las caras con lo que quiera que fuese que la estaba observando con risa malvada en el tren.
En cambio vió una figura. Alta, espigada, oscura. Sombrero antiguo, túnica desvencijada y negra. Una sonrisa escalofriante bajo el sombrero. La observaba con atención, con seguridad. A través de unos ojos negros penetrantes.
Bajó su mirada hasta sus pies.
Un escalofrío la removió entera.
No estaba de pie.
No avanzaba.
Levitaba.
Qué era... ¡¿eso?!
No le dio tiempo a pensarlo más. Decenas de criaturas como las del tren salieron del lago en dirección al tren y hacia ella aumentaron definitivamente su angustia.
Cuando creyó que había perdido totalmente el juicio, se desmayó.
Unas horas más tarde Emma despertó, pero a ella le parecía que habían sido dos minutos. Reconoció su cama. Su habitación.
En su país, a muchos kilómetros del lago, la niebla y su peor pesadilla.
Sintió alivio aunque más tarde sí tuviera que trabajar.
Se incorporó medio dormida y medio despierta agradeciendo infinitamente que hubiera sido sólo una pesadilla. Estaba aún conmocionada.
Se levantó y miró por la ventana.
Quedó en shock.
El lago neblinoso de su peor pesadilla.
Estaba subida al tren. En medio de la nada. Sintió como este se ponía en marcha.
Corrió a por su cámara. Empezó a buscar respuestas desesperada.
Pero lo que encontró, sólo aumentó su urgencia por salir.
Sólo qué...
La puerta.
Forcejeó.
Pero estaba cerrada.
Ella estaba encerrada.
Gritó fuerte y alto pero no se oyó nada.
Ni siquiera oyó el eco de su voz.
Lo que sí oyó fué esa voz.
–Te dije, que era tu tren–esa voz y una escalofriante carcajada nublaron totalmente su mente.
Esta curioso el relato, corto y al grano aunque con poco contesto pero eso puede ser bueno y malo.
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