—¡Tíotíotíotío! —gritó Carlos al volver del edificio, escondiendo el brazo tras de sí con cara de entusiasmo—.
¿A que no sabéis lo que nos hemos encontrado?
Hizo una pausa, disfrutando de la expectación, y añadió con tono fiestero:
—¡Eeeeesssoooo! —dijo ensanchando su sonrisa mientras sacaba su brazo de detrás de su espalda y nos mostró lo que llevaba.
El whisky pasó de mano en mano entre risas, vítores y algún silbido. Alguien dio un golpe en la mesa improvisada. Marta aplaudió. Iván hizo una reverencia exagerada.
Eran las 3:43 de la madrugada.
Miércoles, 6 de junio de 2006.
Estábamos en el patio del instituto, completamente solos. Habíamos saltado la valla para celebrar el fin de curso a nuestro estilo. La noche era templada, de esas en las que parece que nada puede salir mal.
La botellita de whisky había salido de un cajón de uno de los profesores. No preguntamos de cuál. Tampoco importaba. Entre risas descubrimos que se podía entrar al edificio.
Carlos y Paula se habían adentrado primero para inspeccionar.
Carlos volvió solo.
—Se ha quedado en el baño —dijo encogiéndose de hombros—. Ahora viene.
Seguimos con la fiesta.
—Propongo un brindis —dijo Marta, esperando a que todos levantáramos los vasos—. Por el final de curso, por los exámenes y por…
—¡No tener que verle la cara a la urraca nunca maaaás! —interrumpió Iván.
Risas. Aplausos.
—¡Mirad! —añadió Iván, poniéndose de manos y caminando unos pasos.
Me picó el orgullo y lo imité. Caminé unos metros haciendo el pino, riéndome, hasta que perdí el equilibrio y caí de culo.
Mientras nos reímos alguien gritó desde dentro del edificio.
No fue muy fuerte, pero fue suficiente para que nos preguntásemos si todo iba bien.
—¿Habéis oído eso? —preguntó Alicia.
Nos acercamos con pasos rápidos los cinco hacia la entrada principal del edificio.
El segundo grito llegó cuando asomamos las cabezas por la puerta de metal, casi a la vez.
Era más agudo. Era una voz familiar y estaba cargado de pánico…
—¿Paula? —grité hacia la entrada.
Silencio.
Nos miramos unos segundos, interrogantes. Nadie dijo nada. Nadie quiso ser el primero en admitir que algo no encajaba.
Cruzamos el vestíbulo principal juntos.
—Venga, Paula —dije—. Muy graciosa.
Marta y Alicia entraron primero, llamándola en voz alta mientras se dirigían al baño de chicas, hacia el final del pasillo principal. Justo antes de la cafetería.
Carlos, Iván y yo las seguimos a unos pasos.
Doblaron la esquina.
Y... ¿Dónde estaban?
Nos miramos los tres sin saber bien si dejarlas en paz o mostrarnos cercanos por si necesitaban algo.
Esperamos un par de minutos mirándonos entre nosotros. Ninguno se atrevía a decir en voz alta lo que todos sentíamos.
Un frío inusual y sobretodo...
Nos sentíamos observados.
El pasillo estaba vacío. No había puertas abiertas ni rincones donde esconderse. Solo el corredor principal, unas escaleras al fondo y la cafetería cerrada desde hacía treinta y seis años, por lo que nos habían contado durante el curso.
Se oyeron unos pasos acompasados en el piso de arriba. Justo encima de nuestras cabezas.
—Esto no tiene gracia, chicas —dije con el ceño fruncido. Había un silencio inusual que hizo que mi voz sonara demasiado alta.
—Carlos —dijo Iván—. ¿Dónde estás?
No hubo respuesta.
No estaba.
No lo vimos irse. Simplemente… no estaba.
Reí. Una risa corta, exagerada.
—Venga ya. Salid —dije aporreando la puerta del baño.
Supongo que esperábamos risas desde dentro, o alguna respuesta, pero solo había silencio.
Un silencio sobrecogedor.
Y esos pasos...
Se repetían una y otra vez.
Paseaban por el piso de arriba, cesaban dos segundos y reanudaban su marcha.
Iván y yo nos miramos con el terror en la mirada y sin atrevernos a creer que hubiera algo fuera de lo normal.
Iván intentó abrir la única puerta que sabíamos que durante el día se usaba, aquel baño de las chicas en que suponíamos que nuestras amigas estaban dentro.
Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que nos habíamos quedado completamente solos.
Que desde el principio, la puerta estaba completamente cerrada con llave.
Entonces... ¿Dónde estaban todos realmente?
No me dió tiempo a preguntar esto en voz alta.
Cuando me dirigí a Iván para ello; vi algo que me dio un escalofrío.
La puerta de la cafetería estaba abierta.
—Esa puerta ¿no estaba cerrada cuando hemos llegado? —dije mirando a Iván, intentando transmitir una calma que no sentía en absoluto.
Los pasos del primer piso se acentuaron. Ya no podíamos obviarlos. Rompían el silencio ensordecedor.
—Muy bien. Ya vale. Salid antes de que aparezca alguien de verdad y acabemos en comisaría —dijo con convicción Iván al aire.
Su voz hizo eco. Un eco inusual.
Sentí cómo la presencia que llevaba desde que había entrado, acechando desde la penumbra, se hacía más densa.
No estábamos solos, sin lugar a dudas. Lo mejor era salir de allí cuanto antes. Quise decírselo a mí compañero.
Solo que ya no estaba.
Me había quedado solo en el pasillo.
El sonido de mi respiración me pareció ajeno, como si no viniera de mí.
Algo estaba conmigo.
No detrás.
No delante.
Conmigo.
—Salid ya —dije levantando la voz y generando otra vez un eco inusual. Era aún más extraño que antes.
Se oyeron pasos en las escaleras.
Bajaban. Menos acompasados que antes.
Avancé cauteloso hacia el pasillo principal.
Albergaba un poco de esperanza de que me recibieran mis amigos y finalizara la broma.
Giré la esquina con ese pensamiento en mente.
No estaba preparado para lo que me esperaba.
Había una única silueta esperándome.
Estaba de espaldas.
Tenía la forma de Paula. La altura. El pelo...
Pero estaba mal colocada. Como si no supiera cómo ocupar su cuerpo.
Pensé que tendría tiempo de escapar antes de que me viera, pero...
Giró la cabeza.
Su cara no estaba del todo ahí. Una sonrisa apareció en algo que apenas podía llamarse rostro.
Quise moverme. No pude.
Una fuerza interior tiró de mí en dirección a aquella escalofriante sonrisa, la cual se ensanchaba a medida que nos acercábamos.
Cada intento de retroceder me acercaba más.
Ella no caminaba. Levitaba levemente sobre el suelo.
Se acercaba porque yo lo hacía.
Todo yo pesaba. Me hundía.
Cerré los ojos un instante, justo antes del impacto.
Desperté jadeando en el patio.
El foco seguía encendido. Mis amigos reían. El whisky circulaba. Nadie parecía haber notado nada.
Me incorporé desorientado y miré mi reloj.
3:43 de la madrugada. Miércoles, 6 de junio de 2006.
Mi corazón dio un vuelco. La misma hora. La misma fecha. Todo exactamente igual que cuando comenzó… Debía haber sido una pesadilla por borrachera.
Me acerqué a ellos justo cuando alguien gritó:
—¡Footoo!
Flash cegador.
—¡Mirad!— dijo la misma voz
En la pantalla de la cámara, detrás de mí, alguien.
No. Algo.
Tenía esa misma espeluznante sonrisa.
Me giré de golpe.
Nada.
Tragué saliva. Reí. Tenía que ser sugestión.
Entonces me dí cuenta.
Éramos seis.
Pero no estaba Paula.
Ni Alicia. Ni Carlos. Ni Marta. Ni Iván.
No me miraban. No reaccionaban. No existía para ellos.
Sin querer creerme lo; abrí la boca para llamar su atención.
Pero antes, otro grito que salía del edificio y rompió la noche.
Vi que todos se giraban.
—¿Habéis oído eso? —preguntó una de las chicas.
Pero yo...
Reconocí esa voz al instante.
Era yo.
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