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Van a venir

Era la noche de Halloween. Yo se suponía que tenía una cena con mis amigos, pero cuando me estaba preparando, oí gritos. Por desgracia, eran gritos familiares. Mis madres estaban otra vez peleándose.

Cansado, me dirigí hacia un banco del paseo marítimo.
Llevaba conmigo mi libreta de ideas... Necesitaba escribir. Evadirme. Desahogarme.

Me senté en mi banco favorito y me quedé absorto mirando el mar. Realmente daba mucha calma escuchar el oleaje.
La brisa me daba en la cara. Estaba solo en la zona. Me centré en mi libreta. Antes de sacar mi boli, dibujé con el dedo el contorno de una de las pegatinas que tenía en la portada.

La dibujé tres veces. Inconsciente.

La primera vez, me pareció escuchar una risa leve a mi lado.
No hice mucho caso, a pesar del sobresalto.

La segunda vez, escuché claramente la misma risa, menos leve, a mi lado. Aquí sí me giré. Pero no vi a nadie.

La tercera vez.
Nada.
Silencio.
Silencio absoluto.
Ni oleaje.
Ni brisa.
Ni noche.
Sólo yo.
Yo y un frío que podría haber congelado el Sáhara entero.

Había una incomodidad latente en el aire que no sabría explicar.

Dudé.
¿Escribir o irme?

El silencio se hizo más espeso.
El frío, más intenso y seco.
La noche, más noche.

Decidí: irme.

Sólo que...
No... podía... levantarme...

El miedo empezó a adueñarse de mí.

De repente, la risa. Volvió.

Fuerte. Controlada. Fría. Oscura.

Quise mirar hacia todos lados.
No pude.

Quise gritar.
No pude.

Quise huir.
No pude.

¿Había perdido el control de mi cuerpo?
¿Qué me estaba pasando?

Por lo visto, la pregunta era... ¿Quién?

Eso. Sí. Pude. Sentirlo.

Noté una fría presencia en el banco.
A mi lado.

Empecé a notar una fría mano rodeando la mía con el boli. Tomó el control de mí.
Su melena descuidada acarició mi hombro derecho.

No podía moverme a voluntad, pero estaba escribiendo. Con mi mano. Podía sentir una piel invisible pero fría como el hielo contra la mía.

Mi boli, que siempre había sido azul.
Ahora escribía rojo sangre.

"Van a venir", pude leer.

Y volvió a repetir. Misma caligrafía. Misma frase.
Una y otra vez.

Se agudizó la frase en mi cabeza con la misma inquietante risa. Cargada de burla.

Sólo pude asistir al evento sin poder moverme ni un ápice.

No les vi.
No les oí.
Pero les sentí.

De hecho, no oía nada más que esa figura, hablándome. Repitiendo esa misma frase.
Se había adueñado de mí. Escribía frenéticamente toda la libreta. Cada vez garabateaba más. Cada vez más descontrol. Más rápido. Más risas.

Cada vez más gelidez a mi alrededor.
Sentía presencias.
Susurraban en mi oído.
Cada vez más.
Estaban a mi alrededor. Lo sabía. Las sentía.

De pronto, mi mano se detuvo sobre el papel.

Pude sentir la mirada de la presencia que apenas podía vislumbrar de reojo.

Seguía sentada. Observándome con una sonrisa irónica, llena de maldad.

Pero su gesto tenía algo peor: curiosidad.

Sentí sus finos dedos arrancarme el boli de los dedos.
De repente, sentí el boli sobre mi brazo. La tinta se pegaba a mi piel más de lo normal.
Goteaba, en mi piel.

Inmóvil. Atento. Alerta:
Leí al tiempo que escribía sobre mi piel:

"Nos invocaste. Ahora toca jugar."

Otra carcajada.

Justo un segundo después, sonó mi teléfono en el bolsillo.

No tuve que moverme.
Todavía no podía.
Pero se descolgó.

Unos gritos irrumpieron en ese espeso silencio, cargado de presencias desconocidas que me respiraban junto a mí y se había apoderado de mi realidad.

Eran gritos. Eran familiares.

Era mi madre. Nunca había escuchado a mi madre tan aterrada como en ese momento.

—Están... aquí... ¡Dios mío, están aquí! —sollozó desesperada— ¡No! ¡NO! ¡Suel...!

La llamada se cortó en seco.

¡Mi familia! ¿Qué podía hacer?

De repente, empezó a esclarecer la noche y lo que quiera que fuese que me ataba al banco me soltó, y pude huir.

No lo pensé, no dudé; sólo corrí.

Llegué, sin apenas aire en mis pulmones, a casa. El pulso acelerado bombeaba en mis oídos. Busqué con ansia mis llaves. Manos temblorosas. Logré abrir presa del pánico.

Crucé la portería como un vendaval. Revisé toda la casa corriendo.
Estaba realmente aterrorizado.

Frené en seco cuando vi que tenía a mis dos madres en su cama. Observé su cama en penumbra. Desde la puerta de su habitación abierta.

Dos siluetas familiares, sus dos respiraciones dormidas. Acompasadas. Silencio absoluto en resto del piso. Ruido de coches nocturnos afuera. Cotidianeidad.

Suspiré.

Bien.
Bien.
Bien.

Volví a suspirar. Me permití llenar mis pulmones de aire. Luego fui a mi cuarto con pasos lentos y silenciosos, tratando de tranquilizarme.

Podía haber sido un simple y terrible sueño...
Quizás sugestión...
Con suerte solo había sido una pesadilla.
Quizás el miedo lo haya acentuado todo yo. Estaba en mi cabeza....

Uff. Qué mal lo había pasado. Cuando despertasen mis madres se lo tenía que contar; seguro que se reían junto a mí.

Entré.
Y entonces... vi mi cuaderno de escritura sobre mi cama.

Me acerqué confuso. Juraría que me lo había llevado.

Lo cogí.
Observé la familiar portada decorada por mí, años atrás. La volteé y vi restos de tinta roja en la contraportada que no eran míos. Un escalofrío me sacudió entero.

Lo abrí tembloroso.

...Estaba...
...Escrito...
...Entero...

Esa caligrafía.
Esas frases.
Esa tinta.

Estaban.
Justo ahí.
Por absolutamente todo mi cuaderno.

Entonces reparé en mi brazo. 

Tenía una palabra escrita en mi brazo.

"Ahora".

Justo antes de que el pánico me invadiera. Unos  golpes secos con urgencia en la puerta me sobresaltaron. Aunque aún estaba horrorizado, me obligué a respirar. Bajé al presente. ¿Quién podía llamar a estas horas?

-Uff. Vale. Volvamos a la realidad. Estoy en casa. Llaman a la puerta. Respira, tío, respira.- me dije

Mis madres seguían dormidas en su cuarto, con su puerta abierta.
La crucé pasillo arriba.
Me apresuré a hacerme cargo de quien buscaba mi atención en la puerta de entrada.

Crucé el pasillo a zancadas mientras quien sea volvía a insistir con toques frenéticos a la puerta de madera; temía que despertasen a mis madres y apresuré el paso.

Por fin llegué. Abrí. Entonces las vi.

Allí estaban.

Blancas como la cera.

Mirándome.

Con gesto de verdadero horror en sus rostros.

Llevaban una palabra escrita en tinta roja en la frente cada una.

"Toca" y "Jugar".

Mis dos madres.

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