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Noche en el parque

Hasta el momento había sido mi lugar de pensar. Mi parque favorito. Tenía fuentes, zona infantil y zona de deporte y hasta en su día tenía una cafetería.

Así que cuando mi amiga del barrio me dijo de quedar no tuve dudas y quedamos allí. Todo iba bien, estuvimos de charla todo el tiempo, hasta se nos hizo de noche. Tanto que parecía que nos hubiéramos quedado a solas.

–¡Las dos de la mañana!. Jo tío, que yo mañana tengo que madrugar–le fastidiaba tener que despedirse de mí, lo notaba. Pero yo no quería ser el motivo por el que mañana no pudiese con su alma, así que emprendimos el camino de vuelta.

Solo que... Ya no podíamos volver. Al menos no hasta la mañana siguiente. Nos habíamos quedado encerrados.

–Pero si estábamos en medio del parque ¿Es que aquí nadie revisa si hay alguien antes de cerrar?–Estaba indignado la verdad.

Hubiéramos saltado pero no eran vallas lo que rodeaba el parque, si no muros. De hecho probablemente se hizo en su día para que no saltasen a dentro cuando estuviera cerrado. Pero ahora tampoco se podía saltar hacia fuera.

Después de varios intentos de soluciones nos resignamos a quedarnos allí hasta que amaneciera y nos abriesen.

Fuimos a la zona donde más bancos había para recostarmos cada uno en uno. Yo no pude dormir pero a mitad de estar charlando mientras mirábamos el cielo oí unos ronquidos y Lucía dejó de contestar. Así que asumí que me había quedado sólo para lo que quedaba de noche.

Sin ser muy consciente de ello dormité un rato. Desperté desorientado y con un sobresalto, no sé muy bien de qué. Cuando me ubiqué reparé en que estaba en la parte más ancha del parque, delante de la zona infantil pero había una neblina un tanto siniestra que antes no estaba.

Me incorporé un poco tratando de desengarrotarme, entonces reparé en una cosa...¿Cuánto hacía que había dejado de oír dormir a Lucía?. Miré su banco. No estaba. ¿A dónde habría ido?. ¿Tal vez había necesitado ir a mear?. Bueno no le daría importancia a fin de darle intimidad hasta que volviera.

Lo que sí oía era como una especie de música. Era muy leve pero continua. Me paré a identificar que sonaba. Parecía algo de cuerda. Era lenta y repetitiva. ¿De dónde salía?. Tal vez algún vecino. Pero era extraño porque era un parque que quedaba apartado. De hecho lo que me gustaba era eso, que ahí no solía oírse nada de fuera.

Lucía seguía sin volver ¿No estaba empezando a tardar demasiado?. Y encima estaba esa dichosa melodía que se estaba convirtiendo en algo siniestro y escalofriante. No quería admitirlo pero estaba empezando a asustarme un poco.

Me autoconvencí que sería sugestión mía mientras empecé a buscar a Lucía por alrededores. Entonces reparé en de donde procedía la melodía. No era algo de cuerda, era una voz, bastante aguda.

Mis oídos me decían que el sonido provenía de la zona infantil pero allí no había nadie. Por curiosidad me acerqué un poco.

Entonces ví como el balancín se empezaba a mover. Me tensé. Pero no podía ser. Debía ser la bromista de Lucía, con alguna cuerda o algo.

No me dejé intimidar y sonreí buscándola con más avidez. Pero entonces pude ver cómo uno de los columpios empezaba a moverse. Poco a poco. Cada vez más.

Luego empezó a moverse el otro columpio. Y los columpios del otro lado.

Vale muy graciosa, pero se estaba pasando de puesta en escena.

–Vale, ja-ja, espectacular Lucía– aplaudí–No sé cómo lo has montado pero me has impresionado, ahora sal ya, bromista.

Pero no hubo respuesta.

La zona infantil seguía con el movimiento continuado y creciente. Ahora todo cuanto pudiera moverse estaba en movimiento, como si estuviera siendo utilizado con brusquedad.

No sabía que estaba pasando pero no quería quedarme averiguarlo. Tenía que encontrar a Lucía. No quería creer que todo aquello no fuera ella. Sentía mi pulso acelerado y respiraba como si me faltara el aire. Entonces pude ver como en la zona de arena para peques se dibujaban unos pasos como si de alguien invisible se tratara.

Ya no era dueño de mí cuando empecé a correr, huyendo. El canto de había incrementado y ahora llenaba el espacio dándole un aire aún más siniestro.

De repente vislumbré una figura a lo lejos. Se paseaba por un cobertizo alargado que había con bancos donde la zona de deporte.

No era Lucía.

¿No estábamos solos desde el principio?

–¡Eeeeeh, oiga!–Se me antojaba un conserje o algo así. No había visto nunca uno en aquél parque pero quizás era nuevo.

Le llamaba pero no parecía oírme. A medida que me acercaba me iba dando cuenta que no caminaba normal. No sabría describirlo. No era una discapacidad, era más bien como si no supiera usar su cuerpo.

Cuando estuve a unos cuatro metros más o menos un intenso escalofrío me sacudió entero. Todo en mi cuerpo y en mi instinto me decía que no abriera la boca y que me pirase de allí ya. Pero no iba dejar tirada a mi amiga.

Sin embargo antes de que volviera a abrir la boca. El desconocido paró en seco su caminata. Se giró sobre sus talones de forma impecable. Mis ganas de huir se acentuaron.

No había nada fuera de lo normal en su aspecto. Sin embargo todo cuanto veía estaba fuera de lugar.

Era un hombre, vestido con mono de trabajo gris desgastado. Con una chapita identificativa con «Carlos» grabado. Llevaba barba poblada y pelo corto rizado moreno, aspecto algo despreocupado en general.

Tenía una sonrisa como fuera de lugar. Como si en su cara no pegara ese gesto. Cuando nuestras miradas se cruzaron decidí no intentarlo. Algo muy oscuro había en esos ojos. Era hora de escuchar a mí instinto.

No llegué a preguntar por ella, la buscaría por mis propios medios, pero había que salir de ahí cagando hostias.

Corrí en dirección a los bancos donde estábamos antes. Justo allí la encontré. Estaba sentada en su banco. Con las manos sobre sus rodillas y mirando al suelo. Me llamó la atención porque nunca la había visto sentada así. Pero bueno, no la había visto acabada de despertar también era cierto.

–Lucía–afortunadamente me oyó a la primera 

Se giró y me sonrió. Pero no le había visto sonreír así nunca antes. Era raro pero no teníamos tiempo de pararnos con eso, había que huir cuanto antes.

No nos dijimos nada más hasta estar fuera, resultó que ya había una puerta abierta. Empezaba a esclarecer el día. Andamos la avenida que conectaba a nuestras casas.

Lucia estaba muy extraña. Para empezar que estuviera callada no era buena señal, normalmente era muy parlanchina. Luego me había cogido de la mano. De la mano, ella... No la había visto iniciar un contacto físico en mi vida, ni los dos besos tan tradicionales en mi país. Y por último se despidió de mi con un «te quiero, cariño». Si no saluda con dos besos, que os voy a contar de los "te quiero" y los "cariño". Yo flipaba.

Cuando entré en casa mi madre se abalanzó sobre mí con mil preguntas y en el sofá me esperaba una palidísima y desaliñada Lucía que sí parecía ella.

Abrió y cerró la boca varias veces antes de articular un «donde coño te habías metido toda la noche».

Me hizo entender todo a la vez que nada tenía sentido. Cada interrogante nuevo que aparecía en mi cabeza me robaba estabilidad en mi mente y color en la cara...

No me dió tiempo a horrorizarme sobre con quien había estado yo realmente hacía unos minutos de la mano. Antes empezaron a sonar como locos los móviles de Lucía y mío al mismo tiempo.

Al sacar ambos aparatos vimos que ambas pantallas rezaban el mismo nombre:
Carlos.

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