Era viernes y había terminado mi primera semana como profesor en el conservatorio de mi pueblo. Nos habíamos quedado a tomar algo en la cafetería unos cuantos colegas y yo.
Cuando volvía al coche, una mujer que no había visto antes se acercó y me preguntó por un focus rojo con matrícula 0402 GPL. Parecía afligida y desorientada. Me llamó la atención que las letras coincidieran con mis iniciales, pero no le dí importancia.
–Fords he visto unos cuantos pero Focus rojo, creo que ninguno–conteste distraído mirando alrededor como para corroborar.–¿Quieres que te ayude a buscar…–al girarme para mirarla ya no estaba–…lo–Podría haberse despedido pero en fin.
El siguiente lunes cuando acababa de dar clase ví la misma mujer de pelo lacio y oscuro al final de mi clase. Cuando recogía todo.
Despedí a mis últimos alumnos rezagados después de cruzar miradas y sonreirle, sin embargo al volverme, también se había ido. Fruncí el ceño. De nuevo me hubiera gustado despedirme al menos.
Al cerrar mis cosas en la taquilla del departamento de percusión, me crucé con una mujer de mantenimiento. Tenía una mirada asustada y me dijo algo de que no me quedase mucho rato sólo en el centro de noche. No entendí a qué se refería, reconozco que no hice caso.
Al día siguiente, estaba dando una clase particular a un niño nuevo. Estábamos viendo una nueva partitura y juraría que ví a esa mujer sentada, sonriendonos, por una fraccion de segundo. Dí un brinco y tuve que fingir que había sido mi imaginación para no desestabilizar al niño, pero ya no me lo creía ni yo.
Al margen de este anécdota raro el día me fue normal. Después de mi última clase me dirigí a la cafetería. Estaba la calefacción encendida pero hacía un frío de los que se te mete dentro.
Ya conocía el lugar y solía ser agradable pero esa noche había algo inusual en el aire. Algo desagradable. Olía diferente, pero no era eso. Hacia mucho frío, pero tampoco era eso.
Decidí irme. Y me crucé con el conserje. Cuando nos saludamos decidí preguntarle por aquella mujer misteriosa.
Solía ser un hombre jovial, y sonriente pero se le borró la alegría de la cara cuando oyó mi descripción, me respondió que no la conocía. Luego prácticamente me echó del centro con el pretexto de que era tarde y no era buena idea estar por allí a esas horas.
Atravesando el patio delantero del recinto, la ví. Sentada en uno de los bancos más alejados. Saludé con la mano.
No parecía haberme visto. Así que me encaminé hacia ella. Quizá así aclarase que quería de una vez.
Miraba hacia adelante con una media sonrisa y las manos en el regazo.
Tenía los ojos claros. Atuendo negro. Contrastaba con sus labios, rojo llamativo.
Tenía la mirada fija. Por más que me acercaba no reparaba en mí.
Mis pasos hicieron crujir la hierba seca. A dos metros de ella.
Por fin reparó en mí. Y yo en mi error.
Me miró. Me recorrió un escalofrío. Ensanchó su sonrisa.
No era alegría lo que expresaba. Era inquietante.
Como no contestaba a mí conversación, me presenté. No me estrechó la mano. No sé levantó.
Solo me miró y se rió.
Riendo desapareció ante mis ojos.
Me quedé estupefacto. Tenía como electricidad dentro. Aquello no me gustaba ni un pelo.
Reanudé rápidamente mis pasos para pirarme cuanto antes.
¿Quién…?. No. ¿Qué había sido eso?.
Todo se hubiera quedado en un anécdota rarísima de no ser porque al día siguiente volvió a aparecer en mi clase.
Exactamente igual. Sólo que yo ya no estaba tranquilo.
Algo no iba bien.
Todo aparentaba normal, pero nada lo estaba.
Aplacé mis clases, salí a pleno día todavía del edificio. Si había luz sería más fácil mantener la calma ¿No?… ¿¿No??
Cuando fui donde había aparcado mi coche, este no estaba. En su lugar había un coche rojo.
Estuve buscando convencido de haber aparcado donde había ido en primer lugar. Empezaba a desestabilizarme.
Di varias vueltas. Volví al primer lugar a fin de reactivar mis recuerdos. Al estar al lado del coche rojo, me fijé.
Focus. Rojo. Matrícula 0402 GPL.
Oí unas risitas, que ni eran risas, ni eran divertidas. Miré a todas partes, con un rayo metido en el cuerpo, pero seguía sólo.
Reconozco que me faltó muy poco para salir corriendo de allí.
Sin embargo no me moví. Unos segundos después, ví su reflejo en el cristal.
Estaba detrás de mí.
Me miraba a mi a través del reflejo. Esa sonrisa inquietante.
Me giré despacio pero de nuevo, soltó una risotada y desapareció ante mis ojos.
Cuando giré sobre mis talones para buscar mi coche reparé ya no era un Focus rojo lo que tenía al lado. Ahora era mi Xsara, negro, viejo y algo sucio de siempre.
Vale. Me estaba empezando a asustar de verdad. ¿Tenía visiones?. ¿Brote psicótico?.
Me quedé un buen rato sentado dentro del coche, con las manos apoyadas en el volante, mirando el salpicadero como si pudiera darme una respuesta.
Tuve diferentes pesadillas ese día. Siempre aparecía esa mujer.
Empecé a preguntar con cuidado. Primero en el conservatorio. Luego en el bar de la esquina, el de siempre. La camarera frunció el ceño cuando la describí.
—Se parece mucho a mi tía —dijo—. Pero es imposible, murió hace… pff. Muchísimo. Cuando yo tenía cinco años y tengo cincuenta así que imagínate.
Se rió, como si fuera una anécdota absurda, y cambió de tema.
Yo no.
El miércoles, 4 de febrero, al abrir el portal de mi edificio, la vi.
Estaba de espaldas al ascensor, como si llevara rato esperando. El mismo aspecto. Los mismos gestos.
Me preguntó, con voz suave, si allí vivía alguien que se apellidara igual que yo.
No contesté. Creo que ni respiré.
—Me estoy equivocando de sitio últimamente —añadió, con una risa breve, casi educada.
Cuando levanté la vista del buzón para responderle, ya no estaba. El ascensor seguía en la planta baja. Nadie lo había usado.
Ese día al volver a casa miré el retrovisor nervioso mientras conducía y… menos mal estaba sólo.
Un segundo después, unos ojos me miraban por el retrovisor.
Me recorrió un escalofrío al verla sentada detrás, en el asiento central.
Sonriendo
Parpadeé.
Por un segundo no estaba.
Al segundo siguiente en el asiento del copiloto.
Ví como la palanca de cambios se movía sola. El velocímetro subía y yo no estaba acelerando.
El motor no sonaba acorde a nada.
Ella seguía sonriendo, cada vez más fuerte, como si mi pánico la alimentara.
—¿Buscas tu coche? —preguntó por primera vez.
Frené en seco.
Estaba aparcado. Coche apagado. En mi plaza de mi garaje.
Ella no estaba.
Pero en el cristal del copiloto, empañado desde dentro, alguien había dibujado con el dedo una matrícula.
0402 GPL.
No sé si el coche que conduzco ahora es el mío.
No sé si alguna vez lo fue.
Solo sé que, a veces, al reducir la velocidad, noto que alguien se sienta a mi lado.
Y sonríe.
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