Siempre he dormido con ruido blanco.
No por gusto, sino por necesidad.
El silencio absoluto me pone nervioso. Demasiado espacio para pensar. Demasiado espacio para escuchar cosas que no deberían existir. Así que desde hace años dejo un altavoz encendido toda la noche: lluvia, estática, ventilador… cualquier sonido constante que llene el vacío.
Nunca pasó nada.
Hasta hace tres noches.
Me desperté a las 4:12 de la madrugada.
No fue un ruido lo que me despertó.
Fue la ausencia de él.
El altavoz estaba en silencio.
Pensé que se había apagado o que se había ido la luz. Pero cuando abrí los ojos, vi la luz azul del dispositivo encendida.
Funcionaba.
Solo que no emitía sonido.
Me incorporé en la cama para comprobarlo… y entonces volvió.
Pero no era el mismo ruido.
La estática sonaba… irregular.
Como si alguien estuviera respirando dentro.
Un patrón húmedo, orgánico, escondido bajo el siseo electrónico.
Me quedé escuchando.
Intentando convencerme de que era mi imaginación.
Hasta que lo oí.
Un susurro.
Muy bajo.
Demasiado bajo para entenderlo.
A la noche siguiente ocurrió otra vez.
Esta vez me desperté antes.
No sé por qué… pero mi cuerpo sabía que algo iba a pasar.
Miré el reloj: 4:11.
Un minuto después, el ruido blanco cambió.
Entre la estática apareció una voz.
No palabras claras.
Solo sílabas.
Como alguien aprendiendo a hablar.
—Aa… shh… aa…
Sentí el corazón en la garganta.
Me acerqué al altavoz.
Cuanto más me acercaba… más clara sonaba la voz.
Hasta que entendí la primera palabra.
—Hola.
Salté hacia atrás.
Apagué el dispositivo de golpe.
El silencio volvió.
Pero duró menos de un segundo.
Porque la voz continuó.
Sin el altavoz.
Detrás de mí.
—Hola.
No dormí esa noche.
Ni la siguiente.
Decidí no volver a usar ruido blanco.
Pensé que todo terminaría ahí.
Me equivoqué.
Anoche me acosté en silencio absoluto.
Sin dispositivos.
Sin sonido.
Solo oscuridad.
Tardé horas en dormirme.
Pero en algún momento lo conseguí.
Y soñé.
Soñé que estaba en mi habitación, acostado, exactamente igual que en la realidad. No podía moverme. No podía hablar.
Parálisis del sueño, pensé dentro del sueño.
Entonces escuché la estática.
No venía de ningún aparato.
Venía de las paredes.
Un murmullo eléctrico que llenaba toda la habitación.
Y dentro de él…
Millones de voces.
Susurrando al mismo tiempo.
—Por fin…
—Ahora sí…
—Ya puede oírnos…
Sentí peso en el colchón.
Alguien se sentó a mi lado.
No lo veía.
Pero el colchón se hundía.
La voz más cercana habló junto a mi cara:
—El ruido blanco nos tapaba.
Me desperté gritando.
Empapado en sudor.
Pensé que había terminado.
Hasta que me di cuenta de algo.
Mi habitación estaba en silencio absoluto.
Demasiado absoluto.
Porque incluso mi respiración… no sonaba.
Me llevé la mano al pecho.
El corazón latía.
Pero no hacía ruido.
Me levanté de la cama.
Mis pasos no sonaban.
Nada sonaba.
Corrí al baño y abrí el grifo.
El agua salía… pero no hacía ningún ruido.
Fue entonces cuando lo entendí.
No era que el mundo estuviera en silencio.
Era que yo… había dejado de oírlo.
Y en medio de ese vacío perfecto…
Escuché algo.
Claro.
Nítido.
Muy cerca de mi oído.
Una respiración.
Que no era mía.
Y una voz oscura susurrando:
—Ahora ya no hay interferencias
Lo peor fue levantar la vista y verlo en el espejo.
Justo detrás de mí.
Sonriendo.
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