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Sin salida

Después del trabajo nos tomamos un par de birras ya sin los uniformes en el bar del Kipi.

Era noche cerrada pero estábamos tan agotados como activos. Había sido un turno duro. No paraban de llegar casos con síntomas que a todos nos recordaban aquella dichosa pandemia mundial.

De hecho todos llevábamos ropa de paisano porque los uniformes debían pasar un lavado técnico exhaustivo, por si acaso. Por eso, Kipi quitó la televisión cuando empezaron a surgir titulares dramáticos sobre aquella enfermedad en el canal de 24h.

Estábamos de cervezas después del curro pero había una tensión que se podía masticar. Era como si todos tuviéramos la cabeza en otro lugar.

Despedí a Mora en el callejón de su casa y continué en dirección a la mía.

No me quitaba de la cabeza el tema que estaban comentando en el bar: Aquél virus que decían que se había erradicado, pero que después de aquél turno, ninguno nos hubiéramos creído.

Era una enfermedad terriblemente fea que te hacía tener un hambre insaciable y dejar de ser dueño de ti. Luego te descomponías aún medio vivo. Hasta había habido ataques mortíferos a personas sanas. Y si sobrevivían estaban infectados, claro. Un despropósito.

Aunque tenía mis propios pensamientos, algo empezó a despertar mis alertas. Había un algo en el ambiente. Algo latente.

Por una parte estaba ese hedor terrible en las calles. Se había adueñado de mis pulmones y hacía que el aire pesara.

Reparé en que no se oía ni un alma. Era un silencio abrumador. Como antes de una tormenta devastadora. La soledad se sentía más intensa, sólo me acompañaba el eco de mis pasos.

Normalmente a esa hora no había actividad en la calle pero aquello ya era demasiado inquietante. Parecía que el pueblo entero se hubiera marchado a otro lugar.

Sentía que lo poco que se hubiera quedado estuviera observándome desde la penumbra mientras andaba.

Miré hacia el final del callejón, como para sentirme seguro. Pero no conseguía quitarme de encima una sensación de alerta que no lograba justificar.

Al volver a mirar en la dirección de donde venía ví algo moverse. No supe identificar, me pareció una sombra cruzar el final de la calle.Habrían sido imaginaciones mías.

En el cristal de una portería cualquiera ví algo más cuando pasé por delante. Pero cuando volví a mirar ya no estaba.

Dí dos pasos más para reanudar mi camino. Oí un crujido. Volví a mirar sobresaltado. Nada ni nadie. Me sentí un poco ridículo y empecé a hacer respiraciones, achacándolo todo al cansancio.

No sé oía nada más que mi respiración en toda la calle. Entonces empecé a oír a alguien más.

Alguien respiraba sonoramente a mí son.
Paré de respirar para oír.
También paró. Dos segundos después.

Reparé en que también oía algo más.
No era algo. Era alguien.
Alguien masticando.

Quise obviarlo y reanudar el paso, concentrarme en llegar a casa…

Pero a través del eco de la calle oí una carcajada escalofriante.

Al girarme de nuevo, sí vi a alguien.
Estaba agachado sobre un animal que estaba tirado en la calzada. Sangrando.

En una fracción de segundo entendí lo que era.
Ojalá y él no me hubiera visto a mí.
Aceleré mi paso.

Empecé a oír unos pasos que no eran míos. Sonoros. Renqueantes. Paraban cuando yo paraba. Se reanudaban cuando yo reanudaba. 

También aceleraron cuando yo lo hice.

Por fin llegué a la portería. Por un segundo ví un reflejo en el cristal que no me pertenecía, luego desapareció.

Miré. Nada. Saqué la llaves nervioso y justo la farola de delante parpadeó. Se apagó un segundo. Yo completamente alerta, introduje la llave en la puerta de metal.

La luz decidió volver justo para dibujarme una silueta aterradoramente cercana.

Ya no sabía si estaba detrás de mí o dentro de la portería. Forcejeé la puerta, no se abría. Me temblaban las manos.

Por fin abrí. No estaba cerrado, solo esperando.

Me esperaba a mí.
Lo supe hasta que nos vimos de frente.

Me miraba con avidez. Estaba parado, mirándome. Tenía el aspecto más terrorífico que había visto nunca. Me sentí impotente.
Sonreía.

Reconocí esa cara. Un paciente.
Expaciente, más bien.

Me habían hablado de ellos. Había estudiado sobre ellos. Pero nunca había tenido delante a uno.

Sentía cada centímetro de mi piel tensa y alerta. ¿Saldría de esta? No las tenía todas conmigo.

Sudando, parpadeé y…

Un momento.

¿Dónde estaba?
Me mantuve más tenso que quieto.

Moví las pupilas, buscándolo. Me obligué a mantenerme lo más quieto posible, aunque temblaba.

Seguía sudando. Había un silencio tan absoluto y escalofriante que rompí con el leve sonido de una gota de mi sudor caer en el suelo.

Giré lentamente la cabeza para ver donde se encontraba…

Ojalá no lo hubiera hecho.

Mirar al frente siempre es mejor que mirar atrás…

Cuando por fin miré, ya no estaba. Sentí un crujido justo detrás de mí. A quemarropa. Otra carcajada idéntica a la anterior justo antes de sentir sobre mi piel su gélido contacto. 

Supe que no podría escapar, pero…

Corrí escaleras arriba. Mi pulso martilleaba mis oídos. El pánico me cegó antes de llegar al mi rellano.

No había sólo uno. No había escapado, ahora estaba rodeado. 
No era casualidad. Me estaban esperando.

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