Era una tarde de viernes y al fin había quedado en el piso de unas compañeras de universidad. Hacía mucho que queríamos quedar en grupo pero no podíamos por exámenes.
Llegué a la dirección que me indicaba el chat del grupo y piqué al timbre.
–¡Hooola!– dijo una voz familiar desde el interfono–Es el sexto pero tienes que entrar bailando o si no, no te abrimos– dijo la misma voz entre risas.
Subí la rampa y atravesé el amplio umbral y pulsé para pillar el ascensor.
Oí al entrar: “Si se detiene entre pisos, no mires atrás.”
Sonreí por inercia. Alguna broma de vecinos. El edificio tenía ese aire antiguo donde siempre parecía haber alguien observando desde las rendijas de las puertas, así que no me sorprendía.
Pulsé el 6.
Las puertas se cerraron con un golpe metálico seco y el ascensor empezó a subir con su traqueteo habitual. Primer piso. Segundo. Tercero.
Entre el cuarto y el quinto… se detuvo.
No fue una parada brusca. Más bien como si algo hubiese decidido que hasta ahí llegaba el movimiento.
La luz parpadeó una vez. Luego otra.
De pronto se apagó la luz.
Y entonces lo escuché.
Una respiración.
No venía de arriba ni de abajo. Venía de atrás.
Instintivamente miré el espejo. Solo estaba yo.
O eso parecía desde la penumbra de las luces de emergencia.
Pero la respiración seguía.
Lenta. Húmeda. Muy cerca de mi oído derecho.
—¿Hola? —pregunté, sintiéndome ridículo.
La respiración se detuvo.
Durante unos segundos hubo silencio absoluto. Ni el zumbido eléctrico del ascensor, ni el ruido lejano de tuberías. Nada.
Cuando iba a darle al botón de avería...
—Gracias por no girarte.
Se me heló la sangre.
—¿Quién… quién está ahí?
—No quieres saberlo.–Luego unas risas inquietantes inundaron la estancia.
Tragué saliva. Mi cuerpo me empezó a temblar internamente.
—¿Estás...–volví a tragar saliva–¿Estás dentro del ascensor?
—Siempre.
Sentí algo rozar mi nuca.
No era aire. Era… piel.
Un dedo frío. Muy frío.
—No mires —susurró—. Si miras, me quedo contigo.–añadió con tono inquietante y juguetón.
Hice un esfuerzo titánico por no mirar ni de reojo.
El ascensor dio un pequeño tirón, como si fuese a reanudar la marcha, pero volvió a quedar inmóvil.
Luces tintineantes de nuevo.
Estuvimos unos segundos eternos en silencio absoluto.
El pánico subía por mi garganta adueñándose de cada parte de mi mente.
—¿Qué quieres?–pregunté temeroso de que respondiera que lo que quería era acabar conmigo.
—Salir.
—Pues… sal — Dije un poco tartamudeante, sin entender nada.
—Solo si no me miras...
De repente, entendí algo peor.
—¿Cuántos…? —pregunté.
—Muchos miraron.–Me cortó, autoritario.
El espejo frente a mí se empañó desde dentro del espejo. Como si algo estuviera respirando contra el otro lado del vidrio.
–Me quedé con todos–añadió con una sonora risotada.
Una silueta empezó a dibujarse detrás de mi reflejo.
Alta. Espigada. Sonriente. Con la cabeza inclinada en un ángulo imposible hacia mi.
Cerré los ojos con fuerza.
—Bien —susurró la voz, con autoridad— Buen chico. Veo que nos entendemos...–Se notaba su sonrisa en su voz
Sentí peso en mi hombro izquierdo.
Como si alguien apoyara la barbilla sobre mí.
—Cuando lleguemos… serás libre.–dijo. Sentí su aliento en mi oreja. Yo ya no me sentía dueño de mi cuerpo.
El ascensor hizo un ruido, temí lo peor.
Pero reanudó su marcha. Subía lentamente. Sexto piso.
La presión en mis hombros aumentó. Mis rodillas temblaban. El aire era pesado. Sentí que no podría sostener más.
«¿Qué pasa si miro ahora?» pensé.
Silencio. Frío. Humedad.
—Ahora ya es tarde.–Quedé más petrificado si cabía.
–¿Pue...Puedes...–No llegué a formular la pregunta. Temía obtener una respuesta.
Las puertas se abrieron rompiendo el silencio con un “ding”.
El peso desapareció.
Abrí los ojos.
El pasillo estaba vacío.
Salí tambaleándome.
–Sí–dijo la misma voz cuando yo ya estaba fuera del ascensor.
Este cerró puertas y descendió bruscamente.
Respiré tratando de adueñarme de mi cuerpo de nuevo.
Quise creer que había sido una horrible pesadilla. Podía habérmelo imaginado...
Intentando centrarme en el presente. Giré la cabeza buscando la puerta de mis amigas.
Sentí un frío recorrerme la espalda. Un tacto como el frío dedo de antes.
Giré de un salto, temblando.
No había nadie.
Fué entonces cuando reparé en un cartel bajo el de "sexto piso".
El cartel decía: «Homenaje a Juan Rodríguez Sastre, fiel trabajador fallecido en acto de servicio el 6/06/1966».
Se volvió a apoderar de mi el pánico.
Cuando acerqué mi mano al timbre de la puerta 66, una respiración húmeda sonó justo detrás de mi oído.
–¿No irás a llamar a estas horas a mí casa verdad?–dijo la misma voz autoritaria de mi pesadilla en el ascensor.
Me sentí un niño pillado en plena travesura. Temblaba más que en mi vida.
Oí unos pasos acompasados acercándose por detrás de mi.
El corazón amenazaba con salirse por mi boca.
—Ahora ya puedes mirar.–La misma voz potente. Sentí el aliento. A quemarropa. En mi oído derecho.
Y un peso de barbilla sobre mis hombros.
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